Para todo viajero, el Gran Oeste estadounidense es otro mundo, un planeta ajeno en el que la célebre cadena de las Rocky Mountains marca la frontera mediante sus imponentes picos.
Dubitativos entre las rocas, los cascos del caballo pisotean la nieve recién caída que se ha acumulado durante la noche. El día se despereza sobre las montañas Rocosas, acariciando con una luz cristalina las pendientes escarpadas de Arapahoe Basin, por donde ya descienden los esquiadores más madrugadores. Hoy, tanto en Colorado, en Aspen o Keystone, como en Montana, en Whitefish o Big Sky, la calidad de la nieve en polvo hace las delicias de los amantes del esquí, pero antes nadie lo sabía a ciencia cierta.
Tres días a la semana, en la Ferry Plaza de San Francisco, los granjeros del valle de Napa se reúnen para vender directamente su producción. Cita ineludible para los habitantes de la ciudad que vienen en familia a pasearse por los puestos repletos de frutas y verduras, de quesos, de plantas y de flores. Al ver (y probar) estas riquezas naturales, es obvio que California es como el cuerno de la abundancia; en especial el valle de Napa, enclave fértil protegido por las montañas de Mayacamas y Vaca, cuyo nombre evoca grandes historias de familia y amor por la tierra.