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Australia

EL PARAÍSO DE LAS ANTÍPODAS

A fines del siglo XVIII, los británicos descubrieron en las antípodas una isla-continente. Consideraron a Australia un espacio vacío y desembarcaron presidiarios, pioneros y corderos. Pronto los rebaños empezaron a pastar en los territorios que recorrían los aborígenes guiados por los cantos sagrados del Tiempo del Sueño desde 50.000 años atrás. Al apropiarse de las tierras, los colonos les privaron de lo que les ligaba a sus ancestros y por ende de su razón de ser. El país es llano, inmenso y gracias a su aislamiento tiene una fauna y una flora endémicas que fascina a los exploradores de entonces y a los viajeros de hoy. Es un desierto cuyo corazón demasiado rojo, demasiado caliente y demasiado seco, empuja a los habitantes hacia sus 30.000 kilómetros de costas. Sibaritas, los australianos se vuelven hacia el mar, adoran las playas y sus rompientes.

Bajo el agua o en tierra firme, la fauna de Australia es fantástica. En las islas, millones de mariposas se juntan para invernar. En los pocos valles vitícolas del país, Hunters’ Valley al pie de las Brokenback Mountains, o Barossa en el sur, los canguros pacen en las praderas alrededor de las cepas de Shiraz y Sémillon, y se alejan saltando hacia un bosquete de eucaliptus. Allí donde hay mallee se puede esperar ver koalas; y en el bush viven emús, wallaby, dingos, cocodrilos y lagartos, animales sagrados en esta tierra mítica.


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