Cuando Cristóbal Colón vio Nevis, en 1493, la llamó Las Nieves, debido a la acumulación de nubes que envuelven el monte más elevado de la isla.
En la actualidad, este monte volcánico domina la isla minúscula y todos sus tesoros. Sus fuentes de aguas termales la hicieron célebre como estación termal en el siglo XVIII. Los campos de caña de azúcar que se crearon en la misma época se mezclan ahora con las casitas que parecen sacadas de un cuento de hadas y forman la mayor parte de la arquitectura de la isla. Los indios Arawaks y Caribes dejaron una veintena de enclaves arqueológicos llenos de osamentas, vasijas de barro y viejas herramientas, testimonio de su existencia.