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Suiza

Enclavada en el corazón de Europa, entre cinco países, Suiza sorprende por su pluralismo cultural.

Desde las pendientes de la Jungfrau, los Alpes exhiben toda su grandeza. Aquí, la vida sigue el dictado de las pendientes y el contraste entre las estaciones, hasta el otro extremo del Oberland bernés, donde los famosos picos rocosos de la Quille du Diable o la cumbre del Scex Rouge forman un paisaje de nieves perpetuas y rocas aceradas. En verano se hace trekking por el glaciar de los Diablerets, cuyos senderos desvelan paisajes vertiginosos en el valle de la Derborence. Un espectáculo cromático que conjuga el azul del cielo, el blanco del hielo y el verde de las coníferas. Rodeados de obras maestras de la naturaleza, los suizos cultivan el arte de vivir al aire libre. La estación de esquí de Crans-Montana - a cuyos primeros hoteles de alta montaña, construidos a finales del XIX, solo se podía acceder a lomos de mula – es famosa por su mítico campo de golf creado a principios del siglo XX, rodeado de cumbres. Desde el inicio, la elegante localidad acoge a las grandes familias suizas, que tras el esquí o el trekking se retiran a sus confortables chalés. Para cenar, imperdible la potée valaisanne, guiso típico del Valais. Con suerte quizá le sirvan, raro privilegio, una copa de “vino de los glaciares” envejecido, desde hace más de cien años, en barricas de alerce en las bodegas del valle de Anniviers. Región de buen vivir, las montañas suizas son también un destino wellness. Desde el siglo XV, las aguas de Loèche-les-Bains, ricas en hierro y sodio son muy apreciadas. En Lenk, en el valle del Simmental, las termas sulfurosas son conocidas por sus efectos antirreumáticos. Destino chic y a la vez pintoresco, en los pueblos del valle de Gstaad y en Schönried es habitual encontrarse en la calle con campesinos que conducen sus robustas vacas de raza Simmental. Con una rica vida cultural, en Verbier se programan en verano prestigiosos conciertos de música clásica, mientras que en Lens la moderna fachada de la Fundación Pierre Arnaud, famosa por su colección de arte helvético, es un espejo que refleja el lago y las montañas circundantes, como si quisiera probar que aquí el hombre y la naturaleza forman un todo.

En sus confines orientales, entre Suiza y Liechtenstein, los Alpes albergan una región poco conocida, el cantón de los Grisones, cuyos valles están llenos de tesoros y tradiciones muy arraigadas. Es el país de Heidi, el personaje creado por Johanna Spyri en el siglo XIX, que vive sencillamente al aire libre, en los pastos de Maienfeld, lejos del bullicio de la ciudad. Los Grisones son un mundo aparte, donde se habla romanche, lengua de origen latino, emparentada con el ladino y el friulano italianos, mientras que en Liechtenstein, el curioso schwyzerdütsch - alemán de las cumbres alpinas- es una de las lenguas oficiales. El calendario está lleno de fiestas y rituales únicos en su género. En el valle de la Engadina, los jóvenes de los pueblos tocan los cencerros el 1 de marzo, en la fiesta del Chalandamarz, para celebrar la primavera y asegurarse buenos pastos... Y más curioso todavía: la práctica del pschuuri en el carnaval de Splügen que consiste en pintarse e la cara de negro con una mezcla de grasa y carbón. Una vez al año, en los alrededores de Saint-Moritz, tiene lugar la schlitteda: carrera de trineos, que antiguamente llevaba de un pueblo a otro a los novios que acababan de prometerse. Un viaje imperdible en el Bernina Express, un tren de montaña que atraviesa paisajes que cortan la respiración. Parte de Coire, cruza el viaducto de Landwasser y las gargantas de Schyn; luego desvela vistas únicas del glaciar de Morteratsch, para llegar a Tirano, la última parada ya en Italia: puro encanto ferroviario. En la gastronomía destaca la famosa carne seca de los Grisones, con especias y hierbas aromáticas alpinas, así como las especialidades de Liechtenstein: las Käsknöpfle, especie de albóndigas de queso, o los innumerables peces de río. Vaduz, la capital de este Estado minúsculo, acoge al visitante en un entorno campestre. Rodeada de viñedos y coronada por un castillo del siglo XII, residencia del príncipe, esta coqueta población encantará a los estetas, con sus casas medievales y el museo de Bellas Artes que, ubicado en un edificio contemporáneo en el corazón de los Alpes, alberga la colección principesca de arte moderno, una de las mejores del mundo.


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