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Portugal

VIÑEDOS Y RIBERAS

Aunque no es infrecuente ver la nieve en invierno, el sol abrasador de agosto es el que colma de azúcar las uvas en el alto Douro. En este suelo de granito y esquisto donde nada prospera, la viñaconquista los acantilados labrados en bancales y alberga las quintas, haciendas vitícolas con paredes de un blanco inmaculado y tejados de teja. Tras la vendimia, el vino se corta con aguardiente y se lleva a Vila Nova de Gaia, en la desembocadura del Douro, para envejecerlo en barrica, incluso hasta cincuenta años. A lo largo de este trayecto fluvial – antaño surcado por los rabelos, barcos tradicionales que transportaban el vino de Oporto – los acantilados se transforman en laderas menos abruptas donde se produce el vinho verde, un vino joven con una ligera burbuja, que casa de maravilla con el marisco.

Frente a Vila Nova de Gaia y sus bodegas, desde la torre de la iglesia de los Clérigos, afectuosamente llamada “el cirio”, se divisa el paisaje escarpado de la ciudad de Oporto. A lo largo de los muelles, el barrio de Ribeira, con sus casas antiguas y sus callejuelas laberínticas, está lleno de restaurantes donde se sirve el bacalao que los portugueses dicen cocinar de 365 maneras, pero también todo el pescado que se subasta en la lonja del puerto. Otro río, otra ciudad. En Lisboa, el Tajo desemboca ancho, lento y majestuoso en el Mar de Paja. De día, el ruido de los “electricos”, tranvías amarillos que traquetean por las 7 colinas, retumba por la ciudad. De noche, la viola acompaña voces tristes y bellas en los locales de fado del barrio árabe de Alfama, todo encalado, o del Bairro Alto, con tonos pastel, mientras que la luz rasante tiñe de oro las olas del océano.


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