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Italia

Heredera de la civilización romana, iniciadora de las más famosas corrientes artísticas, entre ellas el renacimiento, Italia se impone como el país de la cultura, los monumentos y la belleza.

Tres regiones, tres mundos, tres formas distintas de descubrir la belleza de Italia. Un viaje desde el valle de Aosta al Piamonte, para acabar frente al mar de la Liguria, explica por qué este país es tan maravilloso. Se parte de las grandes montañas en torno a Aosta, las más altas: el Mont Blanc y el Gran San Bernardo. Guardianes gigantescos de una región, a caballo entre Francia y Suiza, que destaca por sus castillos medievales, sus valles extraordinariamente verdes y su cocina excepcional. En invierno es el reino de los aficionados al esquí y, en verano, el de los incondicionales del fantástico parque del Gran Paraíso. Un nombre que lo dice todo. Al sur el valle de Aosta limita con el Piamonte, tierra noble y exultante de belleza. Con su pasado saboyano, Turín, ciudad de escritores e industriales, exhala una elegancia innata que se percibe en sus calles antiguas y en sus plazas escenográficas. Pero el Piamonte es también Langhe y Monferrato, recientemente declaradas patrimonio de la humanidad por la Unesco: la belleza de los pueblos, las viñas ordenadas, las colinas que parecen diseñadas por un escenógrafo. Estas zonas son la cuna de vinos excelentes como el Barolo y el Barbaresco, y no es por azar. Grandes botellas para maridar con la sofisticada gastronomía local, donde reina, soberana, la trufa blanca de Alba, la más preciada del mundo. Alta cocina y paisajes encantadores confluyen en torno al lago de Orta, el hermano pequeño del lago Mayor, de cuyo centro emerge como una joya la isla de San Giulio. Tras el Piamonte, la Liguria. Se traspasan los Apeninos y finalmente se ve el mar. La Riviera es una franja verde, florida y perfumada que se asoma al mar Tirreno. Una tierra llena de sol y sabores raros, de la alcachofa de Albenga a la gamba de San Remo. Génova divide la Riviera en Poniente y Levante, y está orgullosa de su antigua potencia, entre las dos áreas de la región. Su centro histórico, el más grande de Europa, es un intrincado laberinto de callejones y calles estrechas donde se refugian los palacios de la antigua aristocracia mercantil. A Levante, entre quebradas y fiordos, se engarzan las joyas de Portofino y las Cinque Terre, con sus casitas de colores frente a un mar esmeralda.

La puesta en escena es una de las más bellas del mundo, el golfo de Nápoles no teme las comparaciones. El Vesubio hace de espléndido telón de fondo, Nápoles es el escenario: soleado e inquieto, elegante y popular. Una ciudad múltiple: por un lado, iglesias barrocas, palacios aristocráticos y paseo marítimo; y por otro, los barrios de Spaccanapoli con sus pizzerías históricas y sus freidurías callejeras. La atracción fatal de esta antigua capital reside plenamente en la tensión que agita estas dos almas de la ciudad. Y la memoria sigue viva. Para corroborarlo, basta visitar las ruinas de Pompeya y Herculano, (y a Paestum ¿cómo no vas a ir?). Frente a la ciudad, otro mundo. Capri e Ischia son pequeños, maravillosos, planetas de una constelación elegante y exclusiva, llenos de rincones de escalofrío y aguas límpidas que frecuentan los viajeros cultos de todo el mundo desde hace mucho tiempo. Lo dicho vale también para la península sorrentina. En cuanto se deja la gran urbe se entra en el paraíso. La carretera que lleva a Sorrento es un asombro continuo para los ojos y el paladar. Aquí se cultivan y elaboran algunos de los productos más seductores de la cocina italiana, de los limones al queso fresco fior di latte.


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