Soy totalmente autodidacta. Conocía las otras cocinas como cliente lo que constituye una perspectiva agradable.
Mi curiosidad me llevó a ser uno de los más famosos y mejores cocineros de Austria, junto con la voluntad de perfeccionarme constantemente y mi creatividad. En mi familia, la creatividad siempre ha ocupado un sitio importante, y es una larga tradición, que se trate de pintar, escribir o, en este caso, de cocinar. La exigencia artística siempre ha sido muy elevada.
Cuando abrí el Taubenkobel con mi esposa Eveline, en 1984, hemos decidido que el que cocinaba mejor debería trabajar en la cocina y que el más agradable en su contacto con los clientes se encargaría del servicio. La batalla fue dura pero, retrospectivamente, creo que hemos tomado la decisión correcta.
El reconocimiento cotidiano de mis clientes así como las recompensas de las críticas y las 2 estrellas del Michelín, constituyen para mí y para mi equipo un estimulo y un ánimo permanentes en nuestro trabajo.
Mi cocina está anclada en el terruño, es una cocina auténtica que evoluciona de forma abierta, inteligente y espontánea.
¿Cuál ha sido su mayor emoción gastronómica?
Existen tantas emociones gastronómicas que desencadenan un abanico de sensaciones, un pescado fresco a la parilla a la orilla del mar o una noche espléndida en un restaurante de tres estrellas, una buena cena con amigos.
¿El incidente de cocina más divertido que haya experimentado?
Retrospectivamente, e insisto en ello, sin duda ha sido el corte de corriente una noche en la que teníamos el restaurante lleno. Servimos a los clientes un menú improvisado basado en el ahorro de energía y a la luz de las velas que hoy todavía recordamos como un momento inolvidable.
¿Su mejor consejo para los cocineros aficionados?
Que cocinen lo que conocen y si no dominan un plato, que lo prueben hasta conseguirlo, pero, en la medida de los posible ¡no con los invitados!