Nací en Cagnotte (Landas), me crié en el albergue familiar y entendí muy rápido que me podía expresar a través de la cocina y aportarles algo a los demás. Creciendo, la cocina me permitió viajar, abrirme a nuevos horizontes.
Mi recorrido: la escuela de hostelería de Toulouse, una brigada pesada en Mónaco, grandes casas en Alemania y Suecia, catering de Air France. Mis padres no tenían gran relación con la alta gastronomía, con lo cual, nunca pude trabajar con “los grandes”. Esto me ayudó a construir y a desarrollar una cocina de aficionado que siguió su propio camino.
¿Lo que intento ofrecer a los demás? Una cocina depurada, repensada con modernidad que tomó los caminos de la libertad sin olvidar a mi querido pueblo de Aquitania. Elijo los productos que me gustan, los cocino, los comparto y los como.
¿Cuál ha sido su mayor emoción gastronómica?
Una comida de 6 personas en 1974 en Vivarois en la que Claude Peyrot nos hizo soñar a través de platos depurados, guarniciones estilizadas, sabores cuya autenticidad es inolvidable. 35 años más tarde me acuerdo de los distintos platos, sabores y de los maravillosos matices de las texturas.
¿El incidente de cocina más divertido que haya experimentado?
En el marco de mi actividad en Air France, en busca de productos innovadores procedentes de países lejanos, la brigada coció en un “steam” gigante un impresionante cangrejo que nadie se atrevía a sacar de su jaula. Nunca podré olvidar la cabeza del científico escoltado por los agentes del flete aéreo, responsables de un “error de apreciación”, mirando hacia el crustáceo escarlata después de la cocción. Este espécimen rarísimo destinado a un museo oceanográfico no murió por nada, ya que recibió los honores de la mayonesa y una buena ensalada…
¿Su mejor consejo para los cocineros aficionados?
¡Que coman la cocina que preparan para entenderla mejor!