Mi abuela era una maravillosa cocinera. En materia de cocina, era difícil de superarla. E incluso si de niño no me he dado verdaderamente cuenta conscientemente, estoy seguro que en el fondo me ha transmitido su habilidad de manera determinante.
He tenido una formación durante unos años de aprendizaje en establecimientos que tenían una excelente cocina y grandes chefs: En el hotel Bareiss, en el Victorian de Düsseldorf, Alain Ducasse en el Hôtel de Paris, en el Rheinhotel Fischerzunft con André Jaeger y en el Val d´Or con Johann Lafer, por no citar más que unos cuantos. Todas estas experiencias reunidas me han marcado: Todos los chefs citados tenían en común un muy alto profesionalismo, un dominio perfecto de la técnica y también un estilo muy personal que destacaba entre todos.
En 1992, me nombraron jefe de cocina en mi antiguo establecimiento de formación, el hotel Bareiss. Como verdadero “producto de la casa Bareiss”, era un gran reto para mí encargarme del restaurante gastronómico del hotel que en aquella época tenía 2 estrellas. El más hermoso día y también el más importante de mi trabajo aquí en verano, y me acuerdo aún muy exactamente, fue el 13 de noviembre de 2007 a mediodía, un martes. Aquel día, nos enteramos que el restaurante había sido recompensado con una tercera estrella Michelín.
¿Cuál ha sido su mayor emoción gastronómica?
Eso sigue emocionándome, y sin excepción, cuando tengo el placer de comer y degustar un buen producto bien preparado: La buena manzana cogida en el árbol como la crepe de panceta que acaba de prepararse en un albergue o la langosta en un restaurante gastronómico.
¿El incidente de cocina más divertido que haya experimentado?
En el restaurante Bareiss, trabajamos de manera verdaderamente armoniosa juntos, en cocina y en el comedor. Nadie baja a la bodega para reírse. Y reír con ganas puede compensar también la presión, que no es de las menores, con la que nos vemos enfrentados debido a nuestra exigencia y a lo que los clientes esperan de nosotros. Y por último, el hecho de trabajar para complacer a nuestros clientes nos da mucho placer. Pero todo eso, en fin de cuentas, poco tiene que ver con la diversión.
¿Su mejor consejo para los cocineros aficionados?
No trate de transformar a todo precio su pasión en una casi profesión.