En los años 1900, el Arnsbourg es una casa forestal rehabilitada en mesón para carboneros y leñadores. Mi abuela, Rose Donnenwirth la transformó en casa de huéspedes. Y mi madre Lilly en restaurante gastronómico, consiguiendo la primera estrella de Michelin en 1988.
Tras mis estudios en la escuela de hostelería, trabajé en sala durante 20 años. Esperé los 40 años para sucederle a mi madre. Autodidacta con un afán innovador, animado por mi hermana Cathy, gané las tres estrellas general… Completando esta bella aventura, Nicole, mi esposa se unió a nosotros para crear el Hôtel K en 2006.
Lo que intento realizar: una cocina evolutiva, sabrosa con un toque emocional y delicado.
¿Cuál ha sido su mayor emoción gastronómica?
Una cena memorable en el establecimiento de Antoine Westermann en el que me había invitado mi madre para celebrar el paso de testigo entre ella y yo: al terminar la comida, preocupada por el Arnsbourg, le preguntó a Antoine lo que pensaba de que su hijo tome las riendas. Con una amplia sonrisa, le contestó: “si le gusta cocinar y si tiene la pasión, no hay ningún problema”. ¡Gracias Antoine!
¿El incidente de cocina más divertido que haya experimentado?
Un uno de enero a las 0h05, hace 10 años, le eché una buena bronca a mi segundo de cocina. El 2ndo postre de la cena de Nochevieja era un Fondant de chocolate. Michel se había entrenado durante 8 días, 2 veces al día. La misma noche, había apretado las galletas unas contra otras en placas. El calor no pudo penetrar correctamente, los Fondant se habían vertido apenas salir del horno. ¡Tuvimos que improvisar un nuevo postre!
¿Su mejor consejo para los cocineros aficionados?
Según el mercado, hacer cosas simples y ricas. Y cocinar con el corazón.