Encerrada entre Vietnam y Tailandia, Camboya sigue marcada por su pasado de imperio khmer, con un telón de fondo que es la omnipresente agricultura aluvial. Desde Phnom Penh a Angkor, del Mékong al lago Tonlé Sap, el país fascina a sus visitantes.Con su antigua arquitectura colonial y su bulliciosa actividad de ciudad fluvial, la capital Phnom Penh ofrece al turista una atmósfera agitada y como de otros tiempos en una ciudad con miles de historias. El Palacio Real, centro del poder, en el barrio histórico camboyano, siempre sirvió de residencia a los reyes. Su pagoda de plata es famosa por la profusión de sus budas. Tampoco hay que dejar de ver el museo nacional de Bellas Artes, dedicado al arte khmer; el museo Tuol Sleng, dedicado a los crímenes de genocidio de los khmers rojos; el mercado central y su impresionante nave; el barrio chino, las orillas del río Mekong y su hormigueante movimiento.
El agua es de hecho el denominador común de Camboya. Como prueba de ello, el lago Tonlé Sap, al noroeste de la capital. En temporada de lluvias, se transforma en impresionante mar interior ofreciendo entonces el encanto bruto de sus poblados lacustres, interconectados por barcas tradicionales.
Algo más al norte, Angkor, la antigua capital del Imperio khmer y sus 287 templos. Una estancia prolongada no sería suficiente para verlos todos pero las tres joyas que no hay que perderse son, sin duda, Angkor Vat, inmenso templo funerario; Angkor TOM, la ciudad fortificada; y el monasterio de Ta Prom, datado del siglo XI.
Camboya también es de balneario y de montaña. Kompong Som, en el mar de Siam, es una de las estaciones más apreciadas por el momento, mientras que los bosques de la cordillera de las Cardamonas siguen albergando a una fauna salvaje.