
Auténtica condensación de Asia, la isla impone sus paisajes variados sobre un pequeño territorio. De los arrozales de montaña a las costas recortadas, de los bosques tropicales a las ciudades electrizantes, Formosa es un destino fascinante.
Situada a menos de 200 km de las costas chinas, Taiwán y sus 23 millones de habitantes constituyen una isla ejemplar para el que quiere descubrir lo mejor del Extremo Oriente. En esta tierra estrecha y montañosa, donde más de cien cumbres superan los 3.000 metros, coexisten todos los símbolos de la naturaleza y el arte de vivir asiáticos. Las costas ofrecen un contraste sorprendente. Los litorales norte y este, quebrados y salvajes, son lo opuesto a las costas oeste y sur, donde se concentran la actividad humana y las playas. Las ciudades no tienen nada que envidiar a sus homólogas del continente: Taipei, pero también Taichung o Tainan, hacen alarde de su efervescencia y sus rascacielos, como Taipei 101, la famosa torre (508 m) de la capital, una de las más altas del mundo. Las ondulaciones inmutables de los arrozales esculpen los paisajes del interior en una sucesión de terrazas restallantes de verdor. Ideal para el descanso y el descubrimiento, Taiwán, como a menudo en Asia, no ha dado la espalda a sus tradiciones ni mucho menos. Fiestas chinas, óperas y teatros de marionetas, gastronomía, arte del masaje, barcos dragones, el mes de los espíritus, ritos de los pueblos aborígenes y mucho más. Por toda la isla se mantienen estas prácticas heredadas del pasado remoto, que se conjugan con la hospitalidad de los habitantes y el talante emprendedor del pueblo asiático.