
En Anatolia central, esta espléndida región es famosa por sus relieves volcánicos atormentados así como por los vestigios de su ocupación cristiana, de la que ha heredado iglesias rupestres y pueblos trogloditas.
Junto con Estambul y la costa mediterránea, la Capadocia es la región más visitada de Turquía. Y es de justicia ya que su relieve singular comporta una verdadera identidad cultural propia. En el centro de Anatolia, este territorio de altiplanos cuyo centro neurálgico se sitúa entre las ciudades de Kayseri y Aksaray, es célebre en el mundo entero por sus paisajes volcánicos.
Picos rocosos, chimeneas de cuento de hadas y conos esculpidos por la erosión, entreverados de gargantas y cañones profundos, constituyen el decorado dramático de un territorio excepcional, simbolizado por el parque nacional de Göreme y su circo de aspecto lunar. Por toda Capadocia, el agua, el viento y el hielo han tallado relieves afilados que, bajo las luces del amanecer y del crepúsculo, adquieren dimensiones mágicas.
Este paisaje valdría por sí solo el viaje, pero la Capadocia ha heredado también vestigios de una antigua ocupación cristiana. Tras su asentamiento en el siglo sexto, estos fieles construyeron iglesias rupestres y muchos pueblos trogloditas, así como ciudades subterráneas para protegerse de los enemigos.
Más de 3.000 capillas, en su mayoría decoradas con frescos magníficos, han sido declaradas como Patrimonio mundial de la Unesco. Entre los yacimientos más importantes de este arte bizantino, los santuarios del valle de Göreme son sin duda los más notables. El hábitat troglodita se descubre en los pueblos de Ushisar, Ortahisar y en pleno centro de la antigua ciudad de Nevsehir, mientras que las ciudades subterráneas más representativas se encuentran en Kaymakli y en Derincuyu. Hoy día, cuesta trabajo imaginar que centenares de personas pudieran acostumbrarse a vivir a una profundidad de ocho capas geológicas bajo la toba volcánica.