La más meridional de las capitales nórdicas se visita en cualquier época del año. Emancipada durante la primavera y el verano, romántica bajo la nieve, Copenhague brinda un patrimonio regio y un relajamiento muy escandinavo.
Copenhague es el típico ejemplo de la capital nórdica que, pese a su estatuto, conservó el espíritu de una ciudad pequeña. Esto se debe a su tamaño así como a la situación de isla, instalada a pocos pasos del mar, irrigada por una red de canales que también son su encanto y su respiración. Descubrir Copenhague es entrar en un templo del consumo. Bares, tiendas de souvenirs o boutiques de diseño animan a un centro urbano de los tiempos modernos, simbolizado por la famosísima arteria peatonal Strøget.
Como ciudad regia, la tradición está en todas parte, como en la plaza Amalienborg, un conjunto clásico de palacios en uno de los cuales vive la Reina; plaza Kongens Nytorv, rodeada por el palacio de Charlottenborg, el Teatro Real y elegantes cafés; en Slotsholmen, islote histórico lleno de edificios que recuerdan el esplendor real; en Nyhavn, muelle culto de la ciudad con sus veleros y sus restaurantes.
Copenhague, que también es una ciudad popular, cultiva un arte de vivir relajado y un aire alternativo en los barrios de Vesterbro, Nørrebro o Christianshavn y no olvida divertirse en el parque de atracciones urbano de Tívoli. En cuanto al famoso espíritu vanguardista escandinavo, se expresa en la arquitectura, con la biblioteca real The Black Diamond y la estética Ópera, ambos colocados como un símbolo a la orilla de los canales. Y no es la Pequeña Sirena que dirá lo contrario, ella que está velando al borde del agua sobre Copenhague desde principios del siglo XX.