En el sur de Holanda, entre Bélgica y Alemania, Maastricht ofrece sus veinte siglos de historia y una potente tradición de apertura. La mezcla de géneros, entre patrimonio antiguo y nuevo, son todo el encanto de la ciudad.
Existen ciudades que tienen vocación de ser centro de intercambios. Por su posición estratégica entre el río Mosa, a medio camino entre Aquisgrán, en Alemania, y Lieja, en Bélgica, Maastricht siempre ha sido una ciudad en un cruce de caminos, cuya riqueza venía del comercio fluvial, o de su papel de polo político y cultural en la frontera de las regiones colindantes. De este pasado ha sacado su fortuna. Ciudad histórica, rodeada por vestigios de sus murallas, desvela una red de callejuelas estrechas y pavimentadas con casas de abolengo e iglesias que ilustran su gloriosa historia. Para observarlas basta con dejarse derivar dentro del antiguo barrio Wyck.
Esta privilegiada situación aún le procura hoy numerosas posibilidades, de las que se beneficia el turista. Ciudad intercultural, estudiantina, con universidades e institutos europeos y fama de ser uno de los primeros centros holandeses de shopping, junto con el barrio chic ubicado alrededor de la Stokstraat. En lo que respecta a las fiestas, la ciudad es famosa por su Carnaval de febrero y el Tefaf Festival.
Pero Maastricht también ha conquistado la orilla oeste del Mosa, donde brotó el nuevo barrio Cerámico con edificios arquitectónicos impresionantes, como el museo Bonnefanten (pintura), la biblioteca, el Derlontheater, la plaza Plein 1992 (en referencia al famoso tratado europeo de Maastricht) y el Centro Cerámica, un museo dedicado a cerámicas y porcelana. Símbolo de la unión entre dos orillas, un puente peatonal une la antigua y la nueva Maastricht.