Ginebra, ciudad de contrastes, se alza, inalterable, a orillas de su lago.
Si su centro histórico rebosa maravillas, sorprende también la parte nueva de la ciudad, en constante expansión, compuesta de bancos e inmuebles de vidrio y acero en la avanzadilla de la modernidad.
Junto a la frontera francesa, el pluralismo cultural es lo más habitual, mientras la calidad culinaria atrae a turistas del mundo entero.