En el siglo VIII, la joven ciudad de Kyoto adquirió una nueva dimensión convirtiéndose en la capital del imperio del Sol Naciente. Los siglos aumentaron este patrimonio excepcional convirtiendo la metrópolis del oeste de la isla de Honshu en el principal centro cultural del Japón.
Aunque Kyoto se ha modernizado y ha perdido su rango de capital, conserva un aura particular gracias a sus cientos de templos, palacios y jardines de los que el Nijô-jo (Palacio del Shogun), el Kinkaku-ji (Pabellón de Oro) y el templo budista de Ryôan-ji son los más bellos ejemplos.