Esta recóndita región del norte del país merece algo más que una visita furtiva. Las muestras de arte prerrománico en los alrededores de Oviedo, su costa salvaje y las altas cumbres del macizo de los Picos de Europa recuerdan a la España más ancestral.
Asturias, rodeada por el Océano Atlántico, Cantabria y Galicia, ha permanecido apartada de los grandes flujos turísticos. Si bien la región se beneficia del fuerte potencial industrial concentrado en torno a la ciudad de Gijón, también protege celosamente una notable herencia cristiana y una sólida tradición gastronómica. Cuenta con tesoros por descubrir tanto a orillas del Mar Cantábrico como en los pueblos de los valles del macizo de los Picos de Europa que, al sur, separa Asturias de Castilla y León. Gijón despertará el interés de quienes gustan de pasear, gracias al palacio de Revillagigedo, un bello ejemplo de la arquitectura militar del siglo XVII. Sin embargo, vale la pena desviarse de la ruta sobre todo para visitar el monasterio de Valdediós, que queda en las inmediaciones, con su bella capilla prerrománica de San Salvador y la armonía de sus edificios conventuales, sumergidos entre el verdor en el fondo de un pequeño valle.
El arte prerrománico puede encontrarse en torno a Oviedo y a su magnífica catedral gótica, simbolizado por las capillas de Santa María del Naranco y Miguel de Lillo, aisladas en zona rural.
En lo que se refiere a la costa, la zona más bella se encuentra al este de Gijón: los pequeños pueblos de playa y los pueblos de pescadores, como Villaviciosa, Ribadesella y Llanes, que constituyen tranquilos remansos donde tomar el pulso de una España inmutable. En el lado opuesto, los Picos de Europa, que culminan a 2.648 m de altura, preservan territorios naturales propicios para las excursiones y para la peregrinación entre sus pueblos, donde pueden degustarse con placer sidras y quesos, las apreciadas especialidades locales de Asturias.