Estos dos pueblos provenzales encarnan el estilo de vida del Luberon. Sus calles se funden en el relieve y se perfilan entre casas de piedra o impregnadas de colores ocres, como testimonio de una tradición absolutamente única.
El Luberon es un territorio bendecido por los dioses. No sólo cuenta con un clima excepcional y un macizo calcáreo de líneas suaves y armoniosas: alberga numerosos pueblos llenos de carácter propio, entre los cuales Gordes y Roussillon son los exponentes más bellos.
La imagen de Gordes, con sus casas de piedra desnuda escalonadas sobre el valle del Calavon, ha dado la vuelta al mundo. Con sus «calades» (callejuelas empedradas), la silueta imponente de su castillo renacentista y el lujoso perfume que emana de sus hoteles y tiendas, el pueblo se ha convertido en un centro turístico de fama internacional. Mucho más si se considera que muy cerca se encuentra la formidable abadía de Senanque y sus campos de lavanda, así como el sorprendente pueblo de los Bories, un conjunto de construcciones de piedra de al menos dos siglos de antigüedad que se yergue como herencia de antiguas técnicas de construcción.
Roussillon no tienen por qué sufrir rubor si la somete a comparación. A diez kilómetros de Gordes, este pueblo muestra su perfil más excepcional durante la puesta de sol, cuando los rayos restituyen el resplandor ocre a las fachadas restauradas. El ocre jalona además la historia del lugar; no en vano, la extracción de las canteras de los alrededores fue la base de su fortuna. El famoso pigmento fue de hecho utilizado durante largo tiempo en la pintura y en la industria. En el lugar encontraremos un sendero y un conservatorio de ocres que recuerdan esta aventura local.