En la ruta de los Alpes, surge Manosque, ciudad provenzal de diáfanas redondeces, que dispone de un patrimonio arquitectónico de no despreciable interés, bañada por el recuerdo del escritor Jean Giono. ¡Y qué se merece su reputación de ciudad del libro!
El nombre de Manosque suena como promesa de felicidad provenzal. Calles estrechas, casas con puertas talladas, atmósfera intimista del casco antiguo... y a continuación la campiña circundante, sucesión de colinas y horizontes cortos, pueblos encaramados y haciendas ovinas, bajo un aire cristalino y un cielo siempre azul.
Ir a Manosque libera del bochorno costero. Pequeña ciudad provincial que conservó un ritmo lento, un alma casi rural. Una circunvalación, dos o tres avenidas: Todos topan con las puertas medievales del Viejo Manosque, encrucijadas de callejuelas y plazoletas tranquilas jalonadas por casas de los siglos XVIII-XIX, con acceso protegido con hermosas puertas obradas.
Un hombre ha encarnado este hedonismo provenzal: Jean Giono. Nacido en 1895, este escritor ha loado este alto país y sus montañas, hasta tal punto que hoy son muchos los que vienen poner su paso en aquellos del autor. Y eso es posible desde el Mont d’Or y la colina de Toutes Aures, dos eminencias que dominan la ciudad y desvelan sus tejados pardos. Pero sobre todo en el Centro Jean Giono, lugar de exposiciones y recursos documentales donde se recuerdan las grandes horas del escritor. Desde entonces, Manosque – y sus alrededores – se autoproclamó Ciudad del Libro. Cada año en septiembre, la ciudad da justificación a este título organizando las Correspondencias, evento durante el cual la literatura contemporánea, a través de lecturas públicas, se ampara de la calle.