
Al noroeste de Córcega, la Balagne siempre fue considerada el vergel de la isla. En la actualidad brinda a los turistas la doble identidad de su litoral animado y el patrimonio cultural vivaz de sus pueblos encaramados en las alturas.
La Balagne es en Córcega una de las regiones más abiertas. Mirando al Norte y al Mediterráneo se aprovecha de la notoriedad de sus ciudades costeras, Calvi e Ile Rousse. Los puertos de estas dos ciudades son entradas marítimas a Córcega muy frecuentadas en los hermosos días, mostrando el primero su tradición de ciudadela y el segundo su modernismo balneario. Calvi se adentra en forma de promontorio en el mar y brinda varios kilómetros de playa inmaculada. Ile Rousse ofrece su plaza Paoli y su viejo casco urbano al paseo y también una playa de arena fina para relajarse. Y cada una de estas ciudades se las da de poseer los cafés con las más alegres terrazas para contribuir a la animación del verano.
Pero La Balagne también es una tierra de tradiciones y secretos en cuanto se va al interior de sus parajes. Qué placer recorrer las estrechas carreteras de pueblo en pueblo donde velan los testigos seculares de una actividad pastoril... molinos, eras de trigo, campos cultivados en terrazas, talleres de artesanos. De Calenzana a Zilia y Cateri, al Oeste, de Belgodère a Speloncato, al Este, pasando por las aldeas aisladas de Ghjunsani y el oscuro bosque de Tartagine, el visitante observa el aislamiento de las tierras y la audacia de sus habitantes, agarrados a sus pequeñas tierras y a tradiciones cuyo sentido brota en la temporada cálida, cuando los continentales y los turistas llegan a la región para compartir un poco la memoria insular.