La antigua capital de los Incas es paso obligado de todos los viajes a Perú. Aunque solo quedan ínfimos restos del Imperio, la ciudad muestra la armonía de sus residencias coloniales en un emplazamiento a una altura considerable.
La ciudad de Cuzco, a 3.400 m de altitud, merece una visita. Rodeada de montañas, la ciudad está acurrucada en un alto valle, el mismo en el que los Incas instalaron su capital en el siglo XI. A pesar de los quinientos años de presencia de este pueblo, los avatares de la historia han hecho desaparecer palacios y fortificaciones y las huellas de los reinados de Pachacútec y Atahualpa, con la excepción de los impresionantes muros de piedra visibles en las calles Loreto y Hatun Rumiyoc. La ciudad es reconocida hoy en día por su armonía colonial, encarnada por los soberbios edificios con balcones de madera esculpida, las plazas adoquinadas, de un gran romanticismo, el brillo de los tejados de tejas y la gracia de la plaza de Armas, centro neurálgico de la ciudad, rodeada por la exuberancia barroca de la catedral y de la Iglesia de la Compañía. El corazón de Cuzco, popular, animado, caleidoscopio de colores y vibraciones, late al ritmo de sus mercados, sus comercios, sus escenas callejeras y su artesanía. Este ambiente se vive principalmente en las plazas de la ciudad y en el barrio de San Blas, famoso por sus antiguas casas blancas con puertas y balcones azules, y su animación popular. En Cuzco, el visitante puede adquirir multitud de objetos artesanales (ponchos, retablos en miniatura, instrumentos musicales…), antes, claro está, de seguir su camino hasta el cercano Machu Picchu.