El célebre principado cuenta con una identidad única, gracias a su Palacio Principesco, su museo oceanográfico, sus palacios y sus casinos. Se trata de un enclave que fascina por su opulencia y por su audacia arquitectónica.
Mónaco no es un territorio anodino. Se trata de un pequeño estado independiente, similar a San Marino o Lichtenstein. Cuenta con 1,5 km² situados en la orilla del Mediterráneo, donde se concentra todo cuanto el universo del lujo es capaz de producir con carácter excepcional. Cuenta con un palacio y una dinastía de príncipes, opulentos casinos, palacios que se cuentan entre los más famosos, prestigiosas tiendas y multitud de acontecimientos (el Gran Premio de F1, el torneo internacional de tenis…), que dotan de una imagen elitista a este país independiente. Si bien este derroche de fastuosidad inunda las tiendas o los puertos de recreo, situados de manera espectacular sobre el mar, no le resta nada al encanto aldeano del principado.
En las horas tranquilas, las calles de Rocher, uno de los barrios de Mónaco, dejan transpirar una atmósfera de burgo provenzal con magníficos puntos de observación abiertos al mar, desde miradores encajonados en la roca en medio de jardines colgantes. El museo oceanográfico por su parte continúa cautivando a las masas gracias a su acuario gigante y sus importantes exposiciones.
En el lado de Monte Carlo, la «ciudad nueva», el ambiente es más comercial. El gran casino despliega su arquitectura del XIX, rodeado de hoteles de lujo y de un baile de grandes automóviles. Sin embargo, el barrio no se encuentra anclado en el pasado. La construcción a principios de este siglo del Grimaldi Forum y las remodelaciones de la zona costera han dotado de nuevos aires al principado, dominado por edificios imponentes de gran altura.